Un fotógrafo viajero, metafísico y sentimental.

 

   © Fotos: Luis Vioque. Texto: Juan Manuel Bonet

El fotógrafo, como viajero, una estirpe de diaristas, de poetas de la errancia, que cuenta ya con unos cuantos especímenes contemporáneos dignos de admiración, el suizo-norteamericano Robert Frank , on the road, el francés Bernard Plossu, el australiano Max Pam –para el cual Asia no tiene secretos-, el italiano Gabriele Basilico –que traza recorridos geométricos por su país natal, y que ha sido peatón de tantas ciudades europeas- y entre nosotros Javier Campano, Vari Caramés, Manuel Sonseca, Luis Vioque.....

Al último de los nombrados lo conocí en Alcobendas, a comienzos de los años noventa, por la misma época que conocí a Manuel Sonseca. De lo que entonces ví de él me entusiasmó, a bote pronto, para siempre, una imagen crepuscular de la Puerta del Sol madrileña, con sus luces y sus anuncios luminosos, su aire siempre antañón, de modernidad hoy ajada, de modernidad de la época de Ramón Gómez de la Serna y su inolvidable Café y Botillería de Pombo, o de la época del Capitol, o de la época que documentan ciertas fotografías (de Catalá Roca, por ejemplo) de la posguerra.

Luis Vioque propone ahora a nuestra contemplación una serie de panorámicas agrupadas bajo el título Un viaje imaginario. Maravilloso álbum. Los paisajes más próximos, de los alrededores demóticos de Madrid, conviven con otros que nos hablan del litoral o de las islas, sin que falte la Mancha, tierra tan enraizada en la memoria de los creadores españoles.

Madrid: los pisos superiores de la torre del mismo nombre, segundo gran rascacielos moderno de la capital después del mencionado Capitol, asomando apenas entre la vegetación del Parque del Oeste, en una de la imágenes más sorprendentes –casi surrealista a mis ojos de vecino de la zona- de cuantas han sido reunidas aquí, por cómo en ellas parecía que tan emblemática construcción reina solitaria, en medio de la aludida vegetación.

Madrid: el raro y desolado paisaje alrededor de la Plaza de Castilla, con la puerta simbólica de las Torres Kio.

Madrid: su alfoz, su arrabal, su extenderse y extenderse en todas las direcciones. Hacia el Norte, del lado de San Sebastián de los Reyes, en cuya calle de Antonio Machado reside el fotógrafo, que con extrema delicadeza captó allá un día de nieve, japonés y stieglitziano, y de San Agustín de Guadalix, donde vio una extraña nube solitaria. Hacia el Este y el Sur, por donde la ciudad se abre a la interminable llanura manchega, tema, sí, de tanta obra de arte española memorable –recordemos, en los años treinta, la poética de Vallecas- y presenta también aquí, en imágenes de las provincias de Guadalajara y Ciudad Real: una portería de fútbol en Viñuelas, unos molino muy postal en Campo de Criptana, una pareja cuya frágil silueta se recorta entre los árboles que enmarcan -¿por cuánto tiempo?- una carretera secundaría en Membrilla, una casona al borde de otra, en Infantes, una casona grande, acogedora, en la que nos imaginaríamos muy bien ubicar una novela larga....

El litoral mediterráneo y del Atlántico Sur: espacios propicios a la road photography, como al road cinema, y a este propósito recuerdo una película española de Michelangelo Antonioni no de la mejores de la suyas. Una palmera en Castelldefels, recortándose en el crepúsculo vagamente suburbano, y otras en la Manga del Mar Menor – soso paisaje, sixties por excelencia, que ha tentado a más de un pintor en la cuerda metafísica-, unas sillas en Menorca, una torre en Cabo de Gata, alguien que lleva una tabla de surf en una Chiclana con buques en el horizonte –otros, en una imagen de Gijón-, un faro en El Palmar, un viejo y desvencijado automóvil en Matalascañas.

Instantes fugitivos, retenidos por la magia de la fotografía. Instante en que cae un rayo en Carrizosa, creando una vertical que se cruza con el papel pautado que componen las horizontales de unos hilos de la luz. Instante en que de nuevo en San Sebastián de los Reyes, unos niños echan a volar una cometa, y con ella toda la ilusión de sus frágiles sueños. Instante en que asoma, en una vuelta del camino que conduce al lago del Jaral, el jovial pelotón de ciclistas. Instante en que una nube, otra, cruza por en medio de un desértico paisaje almeriense. Instante en que alguien se tira al agua, en una playa menorquina.

Fotografía metafísica, cabria decir aquí, ante algunas de estas despojadas imágenes, como ante ciertas zonas de la obra de Plossu, como ante algunas de las más silenciosas tomas de Gabriele Basilico –el cual ante una observación mía en ese sentido, a propósito de una de sus casi chiriquianas visiones de Beirut, me decía hace poco que lógicamente esa mirada está en la memoria de cualquier creador italiano- o de Humberto Rivas o Carlos Cánovas.

Fotografía metafísica, si, pero aquí, más que nunca, compatible, y ahí está el encanto tan especial de la obra de Luis Vioque, con una mirada sentimental, tierna, que capta el vuelo de unos pájaros en el crepúsculo, que dice el paso de unas nubes por un paisaje, que se complace en la prosa gris de la vida cotidiana, en esos instantes banales detenidos, antes referidos, el rayo, la cometa y los niños, los ciclistas, la nieve en San Sebastián de los Reyes, la pareja entre los árboles, paseando por la interminable carretera secundaria......

Praga, la única ciudad extranjera aquí presente, entre pájaros, probablemente lo esté por Josef Sudek y su extraordinario libro Phaha Panoramatická (1959), a cuyos formatos remiten muy expresamente estos de Luis Vioque, que frente a la vida estática de aquel sedentario a lo Lezama, de aquel fotógrafo manco que prácticamente nunca salió de su ciudad natal, elige la errancia, ese viaje interminable que también lo ha conducido, a su debido tiempo, y como lo documenta la aludida fotografía, a las orillas, para mí tan queridas, del Vltava.